El jardín

Albert se había vuelto a hipnotizar con la imagen de la ventana. Fuera, había unas flores entumecidas que cubrían la parcela rectangular del patio. Unas plantas en formato jardín. Eran las mismas de siempre, pero él pensó que hoy habrían sufrido algún tipo de cambio al percibir en ellas un comportamiento extraño. El aire las zarandeaba para comprobar que todavía seguían ahí. Se podían trazar con la mirada cuadrículas a lo largo de toda la extensión del patio, de forma que las plantas siempre quedaban dentro de estos cuadrados y en un orden casi matemático. La verja metálica de salida, no era realmente un objeto útil. Servía para alertar a los individuos que pasaran por delante, de que a partir de ahí empezaba un territorio privado, dado que era técnicamente fácil franquear la puerta.

Albert salió de la casa y atravesó el jardín en diagonal, y sin seguir el camino de piedra. Apartó la verja como si fuera un obstáculo inoportuno. Caminó lo suficiente como para sentir que estaba fuera. Se detuvo cuando ya había andado cuesta arriba durante unas decenas de minutos y por fin encontró un vacío. No era la montaña del diccionario la que estaba cerca de allí, sino un conjunto de matojos y precipicios donde a la gente le gustaba ir a caminar o a sacar a pasear al perro. A veces se observaban estructuras metálicas de objetos desgastados por el paso del tiempo perfectamente integrados en la tierra y dispersados al azar, como por ejemplo, paraguas rotos que habrían sido arrebatados a sus propietarios por alguna tempestad o esqueletos abandonados de bicicletas sin ruedas.

Se dirijió hasta el mirador y se sentó en la tierra. Le resultó incomodo ver aquel espacio tan inmenso, e incluso percibir un pedazo del mar ya que era doloroso exponerse a la inmensidad después de pasar la mayoría de su vida sumergido en lo diminuto. Albert empezó a rodar montaña abajo y mientras caía, intentó no sentirse sucio o dañado. La caída centrífuga no estaba siendo tal y como él la había planeado. Había visto a muchas personas hacerlo en la televisión, en una foto o en sus sueños, pero claramente descubrió que sus sentidos y su capacidad de predicción le habían engañado de nuevo. Sentir la fuerza de la gravedad que absorbía en picado la masa de su cuerpo al vacío era una sensación difícil de adivinar. Diversos planos de la realidad convergían a una velocidad desconocida ante sus ojos. El polvo y la tierra que se levantaban a causa de la erosión, formaban una neblina que le sumergía en una ensoñación infinita. Se entremezclaba el ritmo absurdo de la caída con los recuerdos del pasado y del futuro de Albert. Sin embargo, aquel nuevo estado le generaba una fuerte, excitante y novedosa sensación de caos. Desprenderse del tranquilo plano horizontal era una tarea compleja. Y más complicado aún era hacer un cálculo real del tiempo y del espacio que estaban transcurriendo en aquel descenso, aunque en cualquier caso parecía interminable. Cuando su tronco besó el suelo, se encontró rodeado de plantas que no serían un prototipo fotográfico para un libro de ciencias. Otras quedaron sepultadas bajo él, y probablemente muy dañadas por el impacto. De hecho, la postura en la que su cuerpo estaba colocado junto con la suciedad de su ropa rasgada hacían difícil que alguien a lo lejos entendiera que aquella  masa informe fuera Albert. De no haber sido por el jersey rojo que llevaba, nadie hubiera dado con él.

Albert estaba sentado en el pico del desfiladero, imaginando como sería rodar hasta el desagüe de la montaña desplomándose como una especie de experimento físico impredecible, cuando de repente una nube tapó el sol y oscureció el paisaje, haciendo que el chico pensara en volver a casa antes de que empezara a llover. Y entonces se levantó, se sacudió el pantalón de tierra y volvió a casa.

Suena: Beach House – Wishes

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