Cefaleas Varias

 

CEREBRO: Pues sí. Menudo cabrón. Después de decirme eso tuve que trabajar bastante. Al recibir la palabra activé el estado de amenaza y el de alerta. Dicho de otra forma: tras la compleja y larga cadena de pensamientos producida por aquella maldita palabra, mis expectativas vitales se redujeron considerablemente.  Esa palabra escuchada fue el detonante de una respuesta límbica que tuvo un efecto doble sobre mi. A causa de ese concepto liberé una jodida gran cantidad de catecolaminas, que cumplen la función de generar un acceso puntual y rápido de la energía necesaria para emprender una acción decidida tal como la lucha o la huida, o quien sabe, tal vez pegar o insultar. Esta descarga de energía límbica perduró varios minutos durante los cuales me dediqué a segregar algún  que otro puñado de substancias. Posteriormente asigné a la palabra recibida un nivel de amenaza 8, y acto seguido dispuse al cuerpo para el combate o para la huida, siendo finalmente y según mis acertados cálculos “huida” la elección más eficiente y adecuada.

CORAZÓN: Vamos, que después de lo que te dijo el muy cabrón decidiste que te pirabas de ahí, ¿no?

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