Geranium phaeum

A lo largo del día, la señora se asomaba insistentemente por el balcón mirando de un lado a otro con una extraña mirada, como si esperara a que un platillo volante tuviera que aparecer algún día por esa calle. Cuando salía por la puerta del balcón, era como un androide.  Siempre con los mismos gestos que parecían ensayados.  Y siempre con el mismo delantal impecable de flores blancas, azules  y las zapatillas de estar por casa rosas, como si de un uniforme se tratara. Demasiado limpio y bien puesto. Pero lo más sospechoso era cuando levantaba la persiana por la mañana y acto seguido, sacudía el felpudo. De hecho era mejor si alguien pasaba por debajo mientras ella expulsaba enérgicamente las partículas tóxicas en la atmósfera . Y con la persiana, ella se esforzaba por hacer el máximo ruido posible. La postura y la mueca que adoptaba mientras agarraba y tiraba de la correa eran casi extraterrestres.  Para más inri, regaba las “plantas” 4 o 5 veces al día y tendía 2 o 3 lavadoras. Como si los geranios fueran especímenes de otro planeta que exigen una atención y cuidados extremos. Cuando ya había terminado con esas tareas, se ponía a fregar el cuadrado de calle que correspondía a su portería, pero sólo el cuadrado. Y por si no fuera suficiente, finalmente tiraba el agua restante por las alcantarillas de la calle. Evidentemente para disimular con la verdadera intención de introducir en el agua de consumo humano algún tipo de arma biológica mortal.

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