
DEDICADO A EMMANUEL
(Texto realizado para el concurso El País, del Círculo de Bellas Artes y Alfaguara)
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un Hidalgo de los de Lanza En Astillero, adarga antigua, Rocín Flaco y Galgo Corredor. Éstos últimos eran los motes de sus dos amigos de la infancia, que a cada vez que eran pronunciados hacían recordar a todo el mundo las respectivas leyendas que los caracterizaban. Por adarga antigua, podríamos considerar la vieja chaqueta que heredó El Hidalgo de su hermano: una especie de corteza negra y desgastada que le serviría de abrigo contra las inclemencias atmosféricas. Gracias a ese equipamiento, los demás podían identificarlo desde lejos, por la estampa marrón y acartonada que generaba la cazadora en la distancia. Y aguardando en cualquier parte de la ciudad, se encontraban el trío de amigos como tres cuervos enjaulados acechando a cualquier evento que les permitiera escapar de su propia condición.
El Hidalgo, era original del pueblo Lanza En Astillero pero su identidad pertenecía a La Mancha. Él también quería ser un fugitivo, como todos esos personajes que se apresuraban a diario cual rebaños de ovejas enfurecidos, por la avenida principal del Municipio de La Mancha. Éste no era por supuesto, el nombre natural de la ciudad, sino otra de esas asignaciones populares, que como los apodos, sólo podrían desarrollarse en lugares donde la población es estacionaria y sedentaria como en La Mancha. Un tipo de homenajes a la autenticidad de las cosas, promovidos anónimamente por la masa.
La llamaban La Mancha, por ser considerada una especie de borrón que mancillaba la imagen del resto del entramado metropolitano. Y a pesar de eso, los chicos habían encontrado un parque de atracciones allí, entendiendo por parque un páramo abandonado y por atracciones, cualquier elemento en movimiento. Ellos tenían el poder de inventar arco iris en el vapor de las tinieblas urbanas mezclado con las luces naranjas de las farolas nocturnas. Y era entonces, cuando algunos espacios inhóspitos de la ciudad revelaban las incógnitas para las que solo algunas almas livianas, como la del Hidalgo, tenían las respuestas.
Vagar errantes y encontrar el lugar adecuado para permanecer durante horas, era una tarea realmente compleja. Para llevar a cabo este circuito diario, necesitaban dar con la atmósfera que presentara la exacta opacidad para no ser vistos, y al mismo tiempo la justa transparencia para poder observar. Y mientras encontraban un oasis donde perpetuarse, hacían de la deambulación una estimulante forma de exploración del territorio que ya conocían. Caminaban durante horas por calles que eran de ellos, y también aunque con otro semblante, por aquellas que pertenecían a otros.
El Hidalgo no había ido mucho al colegio ni al Instituto, ya que el péndulo de las circunstancias lo había catapultado hacia el exterior, condenándole de ésta forma al fuera perpetuo. Un Exterior que contaba con toda una serie de variables estimulantes, y que daban sentido al Interior. Estar a fuera era poder huir, pues como hemos dicho, el Hidalgo siempre quiso ser un fugitivo, aunque él nunca lo supo.
El tiempo apareció una noche de verano en que el Hidalgo caminaba con sus dos amigos hacia el Municipio contiguo, con el objetivo secreto del protagonista de cruzarse por azar con la mujer que se había instalado en sus pensamientos, hacía ya algún tiempo. El laberinto de naves industriales que separaba a las dos ciudades, era el lugar donde podían encontrar la quietud y el silencio, fenómenos que habían desaparecido de la vida de la ciudad de La Mancha muchas décadas atrás. Atravesar la frontera que separaba las dos ciudades, era como pasar el umbral. Podía considerarse que ellos eran un grupo humano muy evolucionado para su tiempo, pues disfrutaban del viaje como una experiencia meramente conceptual: huir del Interior para quedar al margen, y sentir en algún preciso instante, la separación invisible o frontera, que estaría escrita en algún mapa, o dibujada en forma de línea imaginaria atravesando cualquier carretera o camino. Y mientras rozaban el límite, disfrutaban en silencio de las sombras nocturnas que proyectaban sus cuerpos en movimiento y de los ocasionales ruidos industriales que componían el paisaje de aquel lugar.
La atemporalidad de sus vidas, se truncó para siempre cuando Galgo Corredor, Rocín Blanco y el Hidalgo , estaban a punto de llegar a la entrada de la otra ciudad. Vamos a subirnos a la grúa, dijo rasgando el silencio el Galgo, como si alguien le hubiera apretado el botón de encendido de repente. Señaló a una enorme grúa de no muy lejana, que de noche parecía azul. Los demás no contestaron y le siguieron. Aquel acuerdo silencioso era una técnica que habían adquirido después de mucho tiempo; de nuevo una forma de entendimiento superior, que no requería la articulación de una sola palabra para poner en conformidad a varias personas. Un fenómeno raro y exótico, parecido a las auroras boreales, que sólo podían observarse a veces en regiones tan alejadas como La Mancha.
Escalaron sin temor por la fría torre de hierro, uno detrás de otro y sin mirar abajo. Y cuando alcanzaron la cima, se sentaron de mala forma en la cúspide del armatoste mientras el Hidalgo se recolocaba el pelo para dignificarse. Rocín Blanco encendió un cigarro y Galgo Corredor escupió al vacío. Era la primera vez que el Hidalgo contemplaba la totalidad. Podía ver La Mancha, como el conjunto de todas las cosas. Y entonces se dio cuenta por primera vez de la distancia y de la relatividad de la existencia. Una separación que estaba afectando a su cuerpo, haciéndole sentir por primera vez un ser enorme y gigantesco a la par que diminuto e insignificante. Pensó entonces, que visto des de aquella perspectiva, La Mancha era un lugar demasiado pequeño para la vida. Entonces se sintió abrumado y quiso borrar de su mente la distancia cósmica que había aprendido en aquel instante , y deseó que todo volviese a ser como antes. Tan torpemente que se precipitó al vacío para conocer la huida definitiva, una distancia que recorrió en un tiempo récord en el que traspasó todas las fronteras que existen para un chico que vivía en una ciudad de cuyo nombre no quiero acordarme.








